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COLUMNA INVITADA

López-Gatell, el rock star del momento

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POR MANUEL ZEPEDA RAMOS

 

Ahora que vivimos la vorágine del periodo electoral de medio sexenio en las elecciones más numerosas de la historia, recuerdo asuntos del pasado ya no tan reciente:

1.- Los que saben, alguna vez dijeron que el dominical del New York Times consumía 25 hectáreas de bosques con el que se obtenía la celulosa y de ahí el papel para su impresión. Eran 25 hectáreas que debían ser resembradas con diez árboles por uno derribado.

Eran los tiempos en que el hoyo en la capa de ozono preocupaba en serio a los ambientalistas, mientras que en México -todavía- la tala inmoderada era asunto de la vida cotidiana.

2.- Cuando el México de Manuel Ávila Camacho participó con los aliados en la segunda gran conflagración del Planeta de 1939 a 1945 y  que arrojó -según Le Musee L´armé de París ubicado en el Hospital de los Inválidos que fuera construido por Napoleón para la atención de sus tropas heridas en combate-, más de 60 millones de muertos entre soldados y civiles, cifra que jamás habremos de olvidar: “mil días con sus noches”, dijo alguna vez en Siempre! don Juan Dush, periodista yucateco respetable y su corresponsal en Moscú después de mi hermano Eraclio, al referirse a la gran tragedia humana que fue el sitio de Leningrado, el San Petersburgo eterno de la cultura del Mundo. Solo la Unión Soviética puso 30 millones de muertos.

El Escuadrón 201 habría de cubrirse de gloria en el Océano Pacífico, también con su aportación de muertos y heridos.

Pocos, muy pocos saben que otra aportación importante de nuestro país a los aliados fue la fabricación de los “amarres” de los barcos de guerra que habrían de lograr la más importante invasión militar de la historia en aquel tremendo día D que hubieron de llevar a más de medio millón de soldados a las costas francesas y que, con el tiempo, de la mano de los soviéticos e ingleses, lograrían el gran triunfo sobre el genocidio y la destrucción.

Esos inmensos y gruesos lazos fabricados de celulosa no arbórea convertida en cáñamo -instalados a más de mil buques de guerra de todo tipo entre acorazados, portaaviones y buques hospitales- y que, en grandes cantidades, se encuentra en el Kenaff, arbusto que acepta hasta tres siembras al año y que se da muy bien en el sur sureste nacional.

La celulosa que se vuelve papel y éste, artículo de primera necesidad para la vida diaria, encuentra en el Kenaff, primo hermano de la Cannabis, aliado indispensable para su fabricación y la conservación de la naturaleza porque es susceptible de renovarse, ya que se siembra como si fuera maíz o frijol, como ahora así va a ser la cannabis, su prima hermana, la mariguana conocida por generaciones del planeta y ya aprobada en San Lázaro como un producto para la industria y el entretenimiento legal, entre la algarabía de los diputados morenos y manifiestos consumidores de la hierba desde la más alta tribuna de la nación, que fueron escogidos por tómbola para ser candidatos en un pasado todavía reciente.

Acabo de escuchar en la radio, industriales entusiastas y contentos porque van a poder utilizar a la planta de la mariguana como materia prima para obtener cáñamo que permita producir telas para la industria textil, entre otras muchas utilidades, en donde la más importante, sin duda, es aquella que incidirá en la industria de la salud, en donde la cannabis guarda misterios medicinales insospechados y necesarios para la prolongación de la vida, sin el concurso tóxico, por supuesto, que habrá de eliminarse para su utilización.

La planta de la cannabis habrá de poderse utilizar también para la obtención de celulosa no arbórea que habrá de permitir la fabricación de papel sin destruir grandes extensiones de bosques y selvas.

Pónganse buzos, industriales inteligentes y universidades emprendedoras. Allí, en la celulosa, hay una veta insospechada para el desarrollo nacional

 

LÓPEZ-GATELL, LAS CONTRADICCIONES DE SUS INDICACIONES

Mientras, el rock star del momento hizo su aparición como él nos ha enseñado: por todo lo alto y contradiciendo, irresponsablemente, sus indicaciones.

Asintomático que es, nos dice que todavía no puede salir y aparece sin tapabocas en un parque de la CDMX ¿Qué se puede decir? imagíneselo. El ejemplo habrá de cundir y la inmunidad que se busca se pospondrá y los nuevos brotes, más agresivos, pueden llegar.

A mis lectores sensatos les pido que no lo imiten y a los viejos como yo, que se vacunen. En alguien debe caber la prudencia.

No cabe duda que es un verdadero consentido al que se le tolera todo y, por supuesto, un precandidato para el 24, para preocupación del canciller, el senador y la jefa de la CDMX. De paso, a Irma Eréndira ya sólo le queda López-Gatell en su larga fila de taches.

Mientras la encuesta acostumbrada de cinismo y burla, califica de honesto y respetable al toro macho así autonombrado, ante la protesta de los que también, mujeres y hombres, aspiran y no fueron tomados en cuenta en la encuesta de marras. Pobre estado de Guerrero. Cargará con la penitencia.

Por todos los mientras:

6 de junio no se olvida.

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COLUMNA INVITADA

¿Quién ganó la Segunda Guerra Mundial?

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AQUILES CÓRDOVA MORÁN

En mayo de 2021, la Federación de Rusia fue el único país del mundo que celebró como se merece, el triunfo de las fuerzas aliadas sobre la Alemania nazi. ¿Cómo se explica el curioso y universal silencio que guardó la mayoría de los países, en particular los que jugaron un papel activo en la Segunda Guerra Mundial? ¿Es que ya se les olvidó la magnitud de la tragedia y el tamaño del peligro que se cernió por un momento sobre la cabeza de todos los seres humanos?
En estos últimos años se habla cada vez más del propósito de revisar y reescribir la historia de los sucesos mundiales a partir del surgimiento del primer experimento socialista encabezado por Vladímir Ilich Lenin en octubre de 1917 (calendario bizantino), pero en particular la historia de la Segunda Guerra Mundial.
¿Qué se esconde tras de este empeño de cambiar la historia de las dos tragedias mundiales? La respuesta es sencilla: la tenaz decisión de Occidente de eliminar de raíz el socialismo, al que considera, desde el momento mismo de su aparición en 1917, como el enemigo más peligroso para el modelo capitalista de producción. Hay pruebas de eso. El 2 de diciembre de 1917, es decir, a menos de un mes del triunfo de la revolución rusa, el presidente norteamericano, Thomas Woodrow Wilson, al ser consultado por su secretario de Estado, Robert Lansing, sobre la posibilidad de reconocer al gobierno de Lenin, respondió: ¡Imposible! El régimen bolchevique es una conspiración demoniaca (…) es especialmente ofensiva su doctrina de la lucha de clases, la dictadura del proletariado y su odio hacia la propiedad privada (Ronald E. Powaski, Historia de la guerra fría, p. 18. Powaski es historiador norteamericano).
Así pues, la lucha del imperialismo por erradicar de la faz de la Tierra el experimento socialista, nunca fue una simple equivocación sino una decisión bien asentada en el conocimiento de los principios básicos de la doctrina socialista y de las medidas políticas que trata de poner en práctica al llegar al poder. De ahí que su propósito, independientemente de los distintos giros de estilo y de énfasis que le han impuesto las circunstancias, nunca fue otro que la eliminación total y definitiva del socialismo en todo el mundo. La posición de Wilson fue el punto de partida de la guerra de exterminio contra el gobierno de Lenin, ayudando con armas, dinero y asesoría a la contrarrevolución interna de los llamados “guardias blancos”; mediante el desembarco de tropas aliadas en el lejano noroeste y de los japoneses en el Lejano Oriente, para asesorar a la llamada “legión checoslovaca” en la conquista de Siberia. Esta política culminó con la sangrienta guerra civil de 1918-1920, armada y financiada desde el exterior por los aliados, que fue finalmente aplastada por el Ejército Rojo, entonces en formación, a un alto costo en vidas y recursos.
Pero con esa derrota, la guerra de exterminio no hizo más que cambiar de forma, echando mano de nuevos recursos como el bloqueo financiero, tecnológico y comercial a la URSS para aislarla y hundirla en una grave crisis económica. Sin embargo, la recién terminada Primera Guerra Mundial (1914-1918) había dejado un panorama peor en Occidente: enormes masas de trabajadores hambrientos y desempleados, sin vivienda, sin servicios, sin medicinas y sin ayuda oficial de ningún tipo. Por todo eso, crecía por momentos la inclinación hacia un cambio revolucionario semejante al llevado a cabo por los obreros y campesinos de Rusia. Era urgente frenar este giro peligroso de la opinión de los maltratados por la guerra y atajar la “peste bolchevique” que cundía entre ellos.
Fue así como, entre otras medidas, nació la guerra ideológica sin cuartel para “denunciar” los horrores del socialismo y el carácter torvo y criminal de sus dirigentes. El propósito era vacunar a los hambrientos contra el “virus del comunismo”, y para eso se tornó indispensable crear una nueva narrativa de la Primera Guerra Mundial y de los sucesos ocurridos desde 1917, es decir, se hizo necesario “reescribir” la historia, tal como está ocurriendo ahora.
Pero esta primera versión de la “guerra fría” siguió un camino distinto al de su versión clásica. En su discurso del 9 de mayo, una pieza sobria, mesurada y breve pero apegada a la verdad histórica, el presidente ruso Vladímir Putin dijo algo muy revelador a este respecto: “Han pasado casi 100 años desde la época en que la abominable bestia nazi estaba ganando insolencia y fuerza depredadora en Europa Central. Las consignas de supremacía racial y étnica, antisemitismo y rusofobia eran cada vez más cínicas. Los acuerdos diseñados para detener el deslizamiento de tierra hacia una guerra mundial se rompieron fácilmente. (Subrayado de ACM). En mi opinión, el presidente Putin alude a la conducta cómplice de las potencias imperialistas vencedoras en la primera guerra, que no sólo permitieron la libre actividad propagandística de los nazis, sino que ayudaron activamente a Hitler a crecer y fortalecerse con el propósito de prepararlo para desencadenar la Segunda Guerra Mundial.
Está suficientemente probado que el periodo entre las dos guerras puede definirse como el periodo del olvido y la traición al Tratado de Versalles, firmado por las potencias vencedoras y Alemania para poner fin a la primera contienda. Ese tratado imponía a los alemanes condiciones severas sobre expansión territorial, número y armamento de sus tropas, prohibición de reconstruir su fuerza naval y una pesada indemnización de guerra a pagar puntualmente a los vencedores firmantes del Tratado. Tales cláusulas tenían el propósito de impedir el expansionismo y el rearme de Alemania o, lo que es lo mismo, evitar una nueva guerra, como dice Putin. ¿Por qué no dieron el resultado esperado? ¿Qué fue lo que falló? Simplemente, que los encargados de hacer cumplir el Tratado rápidamente lo olvidaron en aras de permitir a Hitler hacer exactamente lo que ese documento le prohibía expresamente, incluido renunciar al pago de las indemnizaciones de guerra a ellos mismos.
Los hechos hablan. La primera violación al Tratado de Versalles fue el Tratado de Locarno, el primer acuerdo internacional de las potencias vencedoras con Alemania después de Versalles, firmado en 1925. Según este acuerdo, Alemania, Francia y Bélgica se comprometían a garantizar la inviolabilidad de las fronteras germano-francesa y germano-belga trazadas en Versalles; Inglaterra e Italia firmaron como garantes del pacto. Mucho se puede decir sobre la legitimación de Alemania en este pacto, pero el verdadero fondo de la maniobra consistió en que no se extendió la misma garantía fronteriza a los vecinos orientales de Alemania, es decir, a Polonia y Checoslovaquia, con lo cual se le dejó abierta la puerta para una futura invasión, como finalmente ocurrió. Con esto, las potencias imperialistas buscaban impulsar el renacimiento y la fortaleza de Alemania a costa de sus vecinos orientales y alejarla de la tentación de lanzarse sobre Occidente.
Las consecuencias del pacto no se apreciaron de inmediato; hubo que esperar al arribo de Hitler al poder, en febrero de 1933, para conocer sus frutos envenenados. En 1936, violando abiertamente el Pacto de Locarno, Hitler invadió la zona desmilitarizada de la Renania Francesa, sin que alguno de los firmantes moviera un dedo para impedirlo; mediante un “plebiscito” recuperó la cuenca del Ruhr, en posesión de Francia para resarcirse de la falta del pago de las reparaciones de guerra; inició la reconstrucción acelerada de su ejército y la modernización de su armamento; declaró públicamente su retirada de la Sociedad de Naciones, lo que le dejaba manos libres para llevar a cabo sus planes. Nada de esto inmutó a los aliados.
En el terreno de la moral y los derechos humanos, comenzó asesinando a sus rivales políticos a sangre fría; ordenó el incendio del parlamente para poder perseguir a los comunistas y otras minorías políticas y raciales; expulsó a los judíos del ejército y los cargos públicos; multiplicó los pogromos (matanzas y despojos masivos) en su contra; les prohibió el ejercicio de muchas profesiones e incluso su ingreso a las Universidades; hizo más riguroso su confinamiento en ghetos; dispuso la esterilización forzosa de discapacitados, deformes, retrasados y enfermos incurables; organizó las matanzas conocidas como la “noche de los cuchillos largos” y la “noche de los cristales rotos”; ordenó la quema de los libros prohibidos y la expulsión de científicos, intelectuales y artistas, judíos o no de pura sangre aria, como Einstein, Thomas Mann y Bertolt Brecht. Esta escalofriante aunque cronológicamente desordenada enumeración de abusos y crímenes, fue bien conocida en Europa y en el mundo, particularmente por las clases gobernantes y ricas, y dice mucho de su contubernio con Hitler el que no se conozca una sola denuncia o una sola condena de su parte.
Así llegamos al año 1938, el año en que la Segunda Guerra Mundial entró en la recta final. El 13 de marzo, Hitler se anexó Austria alegando que la mayoría de sus habitantes eran de raza alemana; Chamberlain, primer ministro británico, justificó su inacción diciendo que ningún inglés estaría dispuesto a dar la vida porque dos pueblos alemanes desearan reunificarse. El 24 de septiembre, Hitler lanzó un ultimátum contra Checoslovaquia exigiendo la entrega de los Sudetes, la zona limítrofe con Alemania. Los checoslovacos se resistieron y Gran Bretaña intervino en el conflicto. Luego de varias entrevistas secretas con Hitler y de varios chalaneos con Francia, el 30 de septiembre se firmó el pacto de Múnich por el cual Chamberlain y Daladier cedían los Sudetes a Hitler, sin el consentimiento y sin la participación de Checoslovaquia. A cambio, Hitler prometió no reclamar un centímetro más de tierra. Daladier en Francia y Chamberlain en Inglaterra fueron recibidos como héroes “por haber salvado la paz de Europa”. El 15 de marzo de 1939, Hitler invadía y se anexaba Checoslovaquia completa.
A esta conducta de las potencias imperialistas los historiadores de Occidente la denominan “política de apaciguamiento”. El nombre proviene de la explicación que el primer ministro británico dio a su país y al mundo: su objetivo, que no podía ser más noble ni más justificado, era “apaciguar” a Hitler saciando su apetito territorial para calmar sus ansias de conquista por medio de las armas, todo para salvar al mundo de una guerra de proporciones apocalípticas. Pero el argumento se viene abajo no sólo por su monumental fracaso, pues la guerra de todos modos ocurrió, sino también porque la política de apaciguamiento continuó incluso después de iniciada la guerra. Está demostrado que el gobierno británico siguió buscando el entendimiento con Hitler en pleno desarrollo del conflicto, ahora para proponerle repartirse el mundo entre ambas potencias, manos libres en todo el territorio de Europa Oriental, incluida Polonia con quien acababa de firmar un pacto de defensa mutua.
También queda totalmente desvirtuado el argumento por lo que los mismos historiadores llaman “la extraña guerra”. Después de la invasión de Polonia el 1 de septiembre de 1939, Gran Bretaña se vio forzada a declarar la guerra a Alemania para evitar el ridículo mundial, lo que hizo dos días después, el 3 de septiembre de 1939. Lo “extraño” consiste en que, después de la declaración, no pasó nada más: no hubo algún preparativo, ningún reclutamiento de emergencia, ningún desplazamiento de tropas. ¡Nada! Parecía que la declaración misma había dejado exhausta, o satisfecha a Gran Bretaña. Mientras, las élites pro fascistas de Francia e Inglaterra exigían negociaciones urgentes al mismo tiempo que llamaban a la población a oponerse a un enfrentamiento con Alemania. Todos estos hechos refuerzan la explicación de que la verdadera causa de la conducta de los imperialistas no se explica por el deseo de defender la paz mundial, sino por su intención de usar a Alemania como ariete contra la Unión Soviética y su experimento socialista.
Adornos teóricos aparte, no hay duda de que la Primera Guerra Mundial fue una guerra entre las naciones imperialistas por la hegemonía mundial. Ya en esa guerra, el factor desencadenante fue Alemania que, con su vigoroso desarrollo económico e industrial a partir de su unificación en 1871, irrumpió en un mundo ya repartido entre las potencias con un desarrollo más antiguo exigiendo un nuevo reparto del planeta. Como sabemos, Alemania perdió la guerra, pero eso no resolvió su necesidad de mercado para su producción. Las duras condiciones que le fueron impuestas por los vencedores en Versalles, le sirvieron de acicate para una acelerada reconstrucción y para armarse mejor con vistas a una nueva guerra. Esta vez ya no sería por un nuevo reparto, sino por el dominio total del mundo.
La Primera Guerra Mundial, además, aceleró la maduración de las condiciones para que el proletariado y el campesinado de los países beligerantes, incluida la Rusia de los zares, sintieran la necesidad y adquirieran la capacidad de tomar el poder para construir una sociedad radicalmente nueva, que garantizara la libertad y el bienestar de las mayorías. Esto fue la Revolución de Octubre en Rusia. A partir de esa revolución proletaria, la pugna interimperialista por la supremacía mundial se hizo más compleja: ahora había un tercer concursante, un enemigo más peligroso que cualquiera de los anteriores. Ya hemos visto que los líderes principales del llamado “mundo libre” tuvieron claro el problema desde el primer momento y que a tiempo decidieron que la dirección principal de su lucha tendría que ser en contra de este nuevo enemigo con el fin de destruirlo por completo. Y eso fue lo que hicieron en el periodo de entreguerras, como acabamos de ver. Así, y no de otra manera, se explican sus ayudas y complicidades con Hitler y su silencio de tumbas ante sus crímenes y atrocidades.
Ya vimos cómo Chamberlain y su gobierno siguió buscando canales secretos para negociar con Hitler después de estallar la guerra. Pero hay más. Al mismo tiempo que cortejaban a Hitler, rechazaban una y otra vez la oferta de Stalin de una alianza para hacer frente al peligro nazi. “En septiembre de 1934, la Unión Soviética pasó a formar parte de la Sociedad de Naciones (…) durante los siguientes cuatro años, Stalin trató de crear una alianza con Gran Bretaña y Francia, sin éxito. Los gobiernos derechistas británicos de Baldwin y Chamberlain mostraron una actitud marcadamente anticomunista y se negaron a aceptar las garantías personales de Stalin conforme él no tenía interés en prestar apoyo a las revoluciones de Europa ni en ningún otro lugar (Chris Bambery, Historia marxista de la Segunda Guerra mundial. Bambery es un historiador británico).
Stalin persistió en su oferta hasta el último momento. Muy poco antes de la invasión de Polonia y el inicio formal de la guerra, una delegación franco-británica arribó a Moscú con la aparente misión de concluir un pacto de defensa mutua. La primera sesión tuvo lugar el 12 de agosto de 1939. Pero durante el desarrollo de las pláticas, fue quedando claro que no había verdadera intención de llegar a un acuerdo; se trataba solo de la prolongar la negociación para obtener la mayor información posible. La delegación soviética decidió plantear la cuestión esencial: ¿estaban los aliados dispuestos a obligar a Rumania y Polonia a permitir el paso por su territorio del Ejército Rojo con destino a Alemania? De ello dependía toda la negociación, dijeron. Tras muchas evasivas, la respuesta final fue no y los soviéticos pusieron fin a la farsa el 22 de agosto de 1939, es decir, nueve días antes de la invasión a Polonia y doce antes de la declaración oficial de guerra por parte de Gran Bretaña.
La conducta de los aliados ha sido totalmente esclarecida por la investigación histórica: “Inglaterra, a espaldas de la URSS, efectuaba negociaciones secretas con el Reich fascista”; en el curso de las conversaciones “hizo propuestas de largo alcance acerca de la colaboración anglo alemana y la firma de un acuerdo de no agresión, no intervención y reparto de las esferas de influencia entre los dos países (…) los círculos gubernamentales ingleses prometían a los hitlerianos suspender las conversaciones con la URSS y negar a Polonia las garantías que había firmado poco tiempo antes”, es decir, ofrecían a Hitler, sin ningún escrúpulo la cabeza de Polonia (ver Oleg A Rzheshevski, La Segunda Guerra mundial. Mito y realidad; Ed. progreso. pp 84-85).

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COLUMNA INVITADA

¿Por qué imponer una Cuarta Transformación que ha fracasado?

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POR JOEL SAUCEDO

 

Un experimentado profesor y analista político, vislumbró una especie de maldición en la Ciudad de México.

Lo decía antes de las elecciones de 2018, porque en toda la historia, de la capital no había surgido un Presidente.

¿Se rompió esa maldición? ¿O continuó con la llegada al poder de Andrés Manuel López Obrador?

El panorama podría ubicarse en la segunda interrogante, puesto que en todos los rubros hay retroceso.

Lo citado viene al caso, porque la semana pasada el Presidente encabezó en el Zócalo los “500 Años de Resistencia Indígena”.

Fiel adorador del pasado dijo que la Conquista “fue un rotundo fracaso”.

Ha exigido a España disculpas a México por las atrocidades cometidas tras la llegada de Hernán Cortés.

“La gran lección de la llamada Conquista es que nada justifica imponer por la fuerza a otras naciones o culturas un modelo político, económico, social o religioso”, expresó en su discurso.

¿Entonces por qué imponer una Cuarta Transformación que ha fracasado?

 

Conocedor de la historia, el Presidente debe saber cuál fue el trágico destino de sus antecesores que habitaron o despacharon en Palacio Nacional.

Por ejemplo: ¿qué sucedió con los únicos dos emperadores que ha tenido México?

El primero, Agustín de Iturbide, acusado de traidor a la patria, fue arrestado y ejecutado por un pelotón en Tamaulipas.

Similar destino tuvo el segundo emperador Maximiliano de Habsburgo, fusilado en el Cerro de las Campanas, en Querétaro.

Benito Juárez gobernó 14 años y murió en su recámara de Palacio Nacional que da a la calle de Moneda.

Porfirio Díaz vivió en el Castillo de Chapultepec y despachó 30 años en Palacio Nacional.

Estos son algunos ejemplos de quienes han ejercido el poder de manera dictatorial.

Por eso la necesaria obligación de conocer la historia para no condenarse a repetirla.

A más tardar en 2024 sabremos si se rompió o no la maldición vaticinada por aquel profesor.

 

PROSPECCIÓN… El próximo sábado se celebrará en la Cámara de Diputados la Plenaria del Bloque Legislativo “Va por México”, integrado por PRI, PAN y PRD.

 

Twitter: @JoelSaucedo

saucedosj@yahoo.com.mx

 

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COLUMNA INVITADA

Un México trágico, el sello de la 4T

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POR JOEL SAUCEDO

 

A tres años del presente gobierno, la esperanza prometida se difuminó y, por el contrario, convirtió al país en una catástrofe.
Los siguientes datos hablan por sí solos, difíciles de ser desmentidos en la sección “Quién es quién en las mentiras”.
En extrañas circunstancias murieron, al caer su helicóptero, la gobernadora de Puebla, Martha Erika Alonso, y su esposo, el senador Rafael Moreno Valle.
Días después, la explosión en Tlalhuelilpan dejó un saldo de 137 fallecidos y cientos de heridos y quemados.
Casi de inmediato se registró el polémico operativo donde el Presidente López Obrador ordenó liberar a Ovidio, hijo de Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán.
Después sucedió la impactante muerte de la familia LeBaron que dejó nueve muertos y seis heridos: bebés, niños y mujeres.
La mayor catástrofe y su fallido manejo fue la pandemia de Covid-19 que ha dejado más de 250 mil muertos en los números oficiales.
Otro dato aterrador es la estrategia de “abrazos, no balazos” que supera los 90 mil muertos y más de 20 mil desaparecidos.
Durante los primeros tres años del gobierno actual se superan los 7 mil 500 feminicidios en todo el país.
A la sociedad también dejó estupefacta el desplome del Metro, con saldo de 27 muertos y 80 heridos, sin responsables de alto nivel sancionados.
Los asesinatos de 100 políticos es otro drama, pues entre los decesos se registraron al menos 30 crímenes de candidatos a cargos públicos.
A todo ello se le suma el acelerado incremento de pobres a una cifra que alcanza los 10 millones de personas.
En términos generales se trata de una catástrofe de dimensiones abismales, nunca esperada por los 30 millones de los votantes de López Obrador.

PROSPECCIÓN… La construcción de acuerdos y el diálogo abierto con los partidos políticos y la ciudadanía, permitió que la Comisión de Gobernación y Población de la Cámara de Diputados de la LXIV Legislatura cumpliera su objetivo de convertirse en el principal motor del desarrollo político, económico y social del país, declaró su presidenta la diputada Rocío Barrera Badillo.

Twitter: @JoelSaucedo
saucedosj@yahoo.com.mx

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